"Deseo
volver a verte
sonriendo al sol
corriendo descalza
por el pasto del parque
que nos viera juntas
mientras aquel regalito de hojas
del árbol que nos daba sombra
caía entre tu cuerpo, mi cuerpo y el libro
que me leías; ese libro
que olvidaste en mi antigua casa
luego de que te hiciera el amor
en aquel domingo,
después
de nuestro paseo por el parque
donde entonces te viera
corriendo descalza y
sonriendo al sol."
En cuestiones musicales, Chile se ha convertido en el escenario más renovado del sur de América. Desde los Bunkers pasando por el electro pop de Javiera Mena, la tierra de los Parra parece ser un semillero de voces nuevas.
Más allá de los Andes, Francisca Valenzuela –la llamada “Princesa del Rock”- constituye la última revelación emergente. Con apenas 22 años su primer y único disco “Muérdete la lengua” ocupó el lugar número dieciséis dentro de los cincuenta mejores disco del año 2007, y obtuvo disco de oro en Chile a menos de un año de haber sido lanzado al mercado.
Poseedora de un talento inusual a sus diez años comenzó a componer canciones en guitarra y piano. A los trece publicó en Estados Unidos, con el reconocimiento de la gran escritora chilena Isabel Allende, sus primeros poemas “En defensa del Agua”:
- ¿Puedo decir que estamos frente a una especie de niña prodigio?
- ¡No por favor! –dice Francisca entre risas- nada de eso. Llegué a Estados Unidos muy pequeña, viví en San Francisco hasta mis doce años y escribir era una manera de expresar mis sentimientos. Una editora se interesó y ofrecieron lanzar un libro, mis papás no estaban de acuerdo pensaban que era muy pequeña. Pero el libro se hizo y tuve la bendición de que Isabel Allende amadrinara mi trabajo. Más tarde publiqué en España dos cuentos cortos. En ese entonces tenía catorce años.
Su estilo ha llevado a muchos a compararla con Tory Amos o Fiona Apple pero ella no se cree ninguna de las dos: “Tengo una gran influencia de Tory y de Fiona, como también a Carol King, Patty Smith, Debbi Harry, Joni Mitchell, las vocalistas clásicas que denotan ser “woman power” pero en realidad también tengo gran admiración e influencia de Violeta Parra, Los Jaiva y Café Tacuba.
-Estás estudiando periodismo y tienes dos libros publicados, ¿por qué la música y no la literatura?
- Cuando escribí los poemas y cuentos ya tocaba piano clásico. Al descubrir que podía poner música a mis letras me sentí completa. La literatura está en mis canciones, mis letras tienen su propio contenido y peso. No creo que haya dejado de hacer literatura porque haga canciones.
Cruzó la ciudad,
llegó hasta mi barrio
entró por la puerta de mi casa
se tumbó en mi cama
cerró sus ojos y
pidió descansar.
Entonces yo,
que soy charlatana,
mientras mis dedos
recorrían sus vértices
le conté sobre las torres
de la catedral de mi pueblo.
Fue entonces cuando entendí,
que la historia y la astronomía
eran primas hermanas
de la anatomía.
Durante mucho tiempo en algunos círculos sociales se ha creído que el teatro es exclusivo para quienes saben de Shakespeare o Bertolt Brecht. Emanuel Loarca rompe este estigma alcanzando el corazón del público en general sin importar cuanto de teatro o literatura se conozca.
Desde “Yo…la Puta” el joven escritor y director guatemalteco mediante un lenguaje sencillo y cotidiano nos recuerda una gran lección: el teatro es de y para todos.
La obra de fuerte contenido social, cuenta la historia de tres mujeres inmigrantes que pertenecen a tres generaciones distintas: Cuaresma, Gloria y Pura, quienes en una esquina cualquiera de Nueva York practican el oficio más viejo del mundo.
Más que representar la historia de tres prostitutas, expone la historia de todo inmigrante latino que bajo la mano de un “coyote” llega hasta el norte en busca de una vida mejor y se encuentra con la cara oculta del sueño americano: explotación, abuso y discriminación.
Ganador del Primer Premio en el Concurso de la Nueva Dramaturgia Nacional en Guatemala, Loarca, con una prolífera carrera en Televisión, Cine y Teatro, aborda temas difíciles de enfrentar por una sociedad que llama a las sexo servidoras “mujeres de mala vida” y que sin embargo consume cada día más de sus servicios.
Durante su infancia en Zoogocho, Odilia Romero, pensaba que detrás de las montañas no existía nada más. El mundo era su abuelita paterna, sus tíos y no podía imaginar en aquel entonces, que detrás de las montañas, un mundo diverso y desconocido le esperaba.
“A los diez años- comenta Odilia- llegué a Estados de Unidos de América. Mis papás ya estaban aquí. Y mi asombro fue demasiado cuando descubrí que existían otros lugares, otras personas diferentes que hablaban otros idiomas tan distintos al zapoteco.”
Al comenzar la escuela primaria sufrió el doloroso pero triunfante camino de aprender dos idiomas nuevos: inglés y español. Esto le convierte hoy, en una mujer oaxaqueña trilingüe. Según Odilia, ser trilingüe, le posibilita ayudar mejor a su comunidad indígena.
Al terminar secundaria, realiza estudios en el Colegio Comunitario y a sus 33 años, actualmente, representa la Secretaria de Asuntos de la Mujer en la Federación Oaxaqueña de Comunidades y Organizaciones Indígenas de California (FOCOICA).
La discriminación que sufre por ser mujer, ser indígena y no hablar el idioma oficial de éste país, despierta en ella el deseo ferviente de trabajar de forma voluntaria por los derechos de las mujeres indígenas. Colabora con la Asociación de Mujeres Latinas Sobresalientes y es miembro de la mesa directiva de Zoogocho. Desde hace dos años, ingresa al Frente Indígena Binacional Oaxaqueño (FIOB) e integra el Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño.
Odilia dice “....la discriminación hacia las mujeres que no pueden comunicarse con sus hijos cuando éstos aprenden inglés, la impotencia de que no puedan ser atendidas y entendidas como merecen en las Clínicas de Salud por desconocer el idioma; escuchar la historia de un indígena encarcelado por haber sido juzgado en otro idioma que no era el suyo, me llevan a creer cada día que mi camino es la lucha por mi gente...”
Esta mujer pequeña de físico pero de inmenso corazón, parece no descansar jamás. Su celular sonando todo el tiempo, indica que la gente confía en ella a la hora de pedir ayuda. La formula según Odilia, es su honesta comprensión hacia las necesidades de la comunidad. Por haber estado en los zapatos de ellos alguna vez, puede lograr dicho sentimiento y actuar en consecuencia. “ Sé lo que están hablando cuando me llaman para que le ayude a llenar formularios o para asistir a un centro de salud...” afirma también que jamás puede poner mala cara frente a una necesidad que muchos de sus seres queridos han experimentado y que ella misma experimentó en carne propia.
Como lienzo en blanco, tu espalda desnuda invita a pintar mi nombre. Me enredo entre tus piernas largas tatuando el encanto de mis ganas de ti. Descubro el territorio de tu hembra en celo gritando por su libertad. Ansiosa en darme, impregno tu piel con el triunfante pincel de mis dedos flacos. Me convierto en el conquistador conquistado. En el caminante explorador de tu geografía. En la religiosa devota de tu sagrado sexo. Pintor de tus paredes, compositor de tus jadeos; la pintura de mi nombre en el desnudo lienzo de tu cuerpo en blanco. Así, te voy haciendo mía. Con la urgencia de saberte íntegra, de saberte toda de saberte libre. De Victoria en ti.
Lo maravilloso del artista es que envía mensajes directos, del alma al corazón. Atrapa por medios de sonidos, letras, formas o colores al mundo espectador; da permiso para emprender un viaje desde la imaginación (o desde la realidad), usando como vehículos a los sentidos y la sensibilidad.
Las bellas artes, la pintura, tiene este poder de hablar con la simbología de los sentimientos. Y para el joven oaxaqueño Miguel Toledo Guzmán, la pintura no es otra cosa que una herramienta para expresar emociones.
Despierta un talento
Nacido en la ciudad de México, en 1967, se define como oaxaqueño por ser hijo del Istmo de Tahuantepec. “Mi papá es de Espinal, un pueblo a cinco minutos de Juchitán y mi mamá, de Italtepex”, explica Toledo Guzmán. “Mi papá hablaba zapoteco y luego aprendió el español”. A los cuatro años Miguel pintaba caricaturas de Walt Disney. A los siete, participó en un concurso de Televisa y Pelican donde obtiene una mención honorífica; “en la secundaria tuve la oportunidad de ganar varios concursos organizados por ASEP y el Instituto Mexicano de Bellas Artes, y en 78 obtuve un primer lugar”.
Durante su adolescencia, toma un descanso en la pintura por tres años e incursiona en la música a través del piano clásico.
Pero el destino lo aleja de su familia y Miguel toma rumbo hacia Estados Unidos de América, donde trabaja en la cafetería de su escuela en San Gabriel. Por eso, comienza a crear afiches teniendo como base la nutrición. “En 1981 éste país no estaba abierto a la diversidad gastronómica cultural. Mis afiches eran sobre los riesgos del colesterol, cuantos gramos de grasa tenían las hamburguesas”.
Gracias a los afiches gana una beca en Carolina del Norte para estudiar todo lo referente al funcionamiento de una cafetería estudiantil. A su regreso a Los Angeles decide ser estudiante de tiempo completo, ingresa a la Universidad del Sur de California (USC) y logra una extensión universitaria a París, Francia.